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Rabietas

Esther Serrano
Apenas dieron las dos, los niños comenzaron a asomar por la puerta siguiendo a su profesora, caritas anhelantes, sonrientes, ansiosas… hasta que apareció la de ella, tenía signos de cansancio, esa noche se había despertado tres veces, una leve sonrisa y la mirada recorriendo las cabezas de padres y madres hasta encontrarme.

Cuando llegó su turno vino hacia mí sonriente, me tomó la mano y con cierta exigencia tiró de ella hacia la puerta.

-Un momento, tengo que dejar estos papeles en Secretaría.

Expresión de fastidio, se me ocurrió entonces la idea de darle una chocolatina que casualmente tenía en el bolsillo, sonrisa agradecida, la guardó en sus manitas y fuimos a entregar los documentos.

Al salir a la calle me pide que abra la chocolatina, accedí.

Coge la chocolatina y la mete en la boca mientras bajamos la calle camino a casa, de pronto intenta decirme algo y la chocolatina, aún entera, sale disparada de su boca y cae en el suelo manchándose de arena, se agacha a cogerla e intenta meterla en su boca de nuevo…

-¡No! No la comas, está sucia, tírala.
-¡Sí!
-¡No!, puedes ponerte enferma…
-¡¡Sí!!

Su cara comienza a cambiar, aprieta la chocolatina en su mano y la aparta de mí. La conversación sigue, más o menos en la línea anterior y ella cada vez se altera más, acabando gritando y pataleando tumbada en el suelo… justo enfrente de una parada de autobuses repleta de personas, que inmediatamente dirigen la atención a lo que está ocurriendo frente a ellas…

Esta historia describe una situación a la que padres y madres se enfrentan con cierta frecuencia, una rabieta.

¿Qué es una rabieta?

Una rabieta es un modo inmaduro de mostrar ira o enojo frente a una frustración. El riesgo de que aparezcan es mayor entre los 2 y 4 años de edad, cuando los niños están cansados, cuando tienen hambre…

¿Cómo actuar?

Afrontar el episodio con toda la calma posible, no juzgando a los niños, no criticándolos, es probable que ellos mismos estén desconcertados por su propia reacción, valorar si esa conducta supone o no un riesgo, es importante proteger a los niños, y tratar de no reforzar esa conducta, para evitar que vaya aumentando su frecuencia o su intensidad.

¿Es posible prevenirlas?

Muchas veces sí, controlando el contexto, intentando reducir el número de frustraciones, por ejemplo no es buena idea llevar a los niños a un supermercado, en el que no queremos comprar nada que no esté en nuestra lista de la compra, en momentos en los que la tolerancia es menor, como cuando existe mucho cansancio.

También podemos ayudarlos a manifestar su enfado de otro modo, a través del lenguaje y reforzar sus conductas cuanto éstas sean adecuadas.

En Centro Esnia valoramos e intervenimos en este tipo de problemas.

Artículo publicado en "La Crónica de Salamanca"

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